viernes, 27 de mayo de 2016

Castigo emocional

    
   Hoy me he levantado echando fuego por la boca, con una sensación de ardiente dolor, de saber al fin el instante preciso en que perdí todo el valor para luchar contra él. Ahora sé el momento preciso en que pudo haber vuelta atrás y no hice nada, dejé que pasara y ese segundo de duda que no me permitió defender a un amigo, al único amigo de sexo masculino que había tenido hasta entonces, ha sido el determinante durante un largo periodo de mi vida. No fui consciente de que esa decisión sería definitoria para mi relación de pareja.

     No supe, porque nadie me lo contó, que era libre, que mi vida de mujer no dependía en ningún aspecto de lo que un hombre pensara de mí, de si me valoraba o no, o de que si pensaba que mis opiniones y gustos tenían que ser iguales a los suyos. Muchas crecimos viendo a nuestras madres como extensiones de nuestros padres, a veces sutiles extensiones, otras reales dependencias.


     No sabía que esa bofetada de mi pareja a mi amigo sería mi declive emocional, esa herida mortal que de tanto escocer olvidé, hasta el día de hoy. Ese guantazo que degradó a mi amigo, que le humilló, fue permitido y consentido por mí, no dí el guantazo, pero fui cómplice puesto que no le defendí. Mi spique debió de decidir que debía exculpar mis culpas durante más de quince años aguantando humillaciones, vejaciones, desprecios, desplantes, celos y soledad, mucha soledad.

       No sé si es buen o un mal momento para hablar del tema, no sé si quiera si más adelante estaré lo bastante fuerte para responder preguntas sobre el mismo. Sólo sé que tengo que hablarlo, porque me arde la voz, porque hoy sé cuando fue la primera vez que cogió las riendas de mi vida, cedí a su palabra y a sus actos, y dejé de existir como la chica de dieciocho años que era y la mujer que hoy soy, para pasar a ser una mujer subyugada.

     De ahí en adelante fue minando mi confianza en mí misma, poco a poco dejé de relacionarme con mis amigos y amigas porque a él no le gustaban, hasta que les eché de mis vidas, a cada uno que eché lo hice por una razón, todas inventadas, todas nacidas del miedo a contar lo que en realidad pasaba: que a él no le gustaban, no las quería cerca de mí, porque, ahora sé, eran un peligro para nuestra relación porque tarde o temprano hablarían, tendrían valor para decirme que la persona que decía quererme me ofrecía un amor que no era sano; era egoísta, y humillante. Y así, lentamente, fui quedando sola, rodeándome de sus amistades, pero ¡ojo! no de todas sus amistades sólo de aquellas que él me permitía.

     Llegó un punto que en sabía con quien podía hablar largo y tendido, con quien un hola y un que tal eran suficientes ó a quien debía desviar la vista y hacerme la loca. Incluso en la distancia evitaba tener amigos porque eso suponía tener que dar explicaciones en algún momento, un nombre que mencionas sin querer puede llevar a un discusión en menos de lo que te imaginas y de ahí al castigo de retirarte la palabra durante días… es cuestión de una mirada, se llaman coacciones.

     Hablo de un tipo de maltrato sutil, que pasa desapercibido; es el emocional, no usa la fuerza, no hay insultos, pero poco a poco te hace sentir una puta mierda, una hormiga, una miga en un mantel cuyo único comensal es un gigante.
Así que después de esa bofetada ya nada volvió a ser igual, con diplomacia, mano izquierda y muchas lágrimas contra mi almohada dejé de hablar a mi amigo. Mi gran amigo.

Desde hoy voy a hablar, ahora puedo hablar, ahora quiero hacerlo.